miércoles, 4 de febrero de 2009

Navegante


Llevo varios siglos de eterno caminante,
dejando atrás unas pisadas
que prontamente borra la brisa la tarde.
He dejado miles de versos
que jamás nadie leyó
y unos cuantos recuerdos
por los que habrá pagado muy poco
algún avaro joyero ñublecino.

Incontables las palabras
con las que terminado diciendo adiós,
antes de emprender un nuevo crucero
que conduce a otro puerto
donde en otro rostro me vea atrapado
en otras cálidas caderas
para inevitablemente repetir
la conocida cantilena.

Es la hora de dejar atrás otro muelle,
el que nació con vocación de navegante
jamás encontrará cobijo en tierra firme.
Es la hora de agarrar con firmeza el timón,
no hay nido en tierra firme
para el que nació para ser solitario navegante.

Siempre habrá alguna bahía donde encallar
cuando la embarcación amenace con zozobrar,
siempre existirá algún faro
que me advierta de los peligros de la travesía,
siempre habrá algún sueño
que atraviese de proa a popa
hasta llegar al cuarto de escotilla
para hacerme recordar aquellos días,
en que tu muelle pudo ser el último.

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